COLOMBIA Y ARQUITECTURA

El repaso por la arquitectura colombiana del s. XX ofrece un interesante repertorio de arquitectura racionalista entre los años 30 a 50, con inspiración en los modelos de arquitectos europeos y norteamericanos, que los arquitectos colombianos adaptaron a las especiales condiciones geográficas y climáticas del lugar.

La influencia de la Bauhaus y la obra de Gropius, Mies, le Corbusier, Jacobsen, Breuer; determinan una producción selecta de edificios públicos, culturales, oficinas, residenciales, de depurada traza y ordenación a cargo de arquitectos foráneos afincados en Colombia Rother, Blumenthal, Violi, así como de arquitectos colombianos Cuellar, Bermúdez, Martínez, Serrano, etc. y más tarde Salmona, Samper, etc. con evocaciones del postmodernismo y el neorracionalismo de Rossi y Botta.

Actualmente las corrientes por las que se mueve la arquitectura en un panorama globalizado ofrecen una producción que exhibe todo tipo de herramientas tecnológicas y constructivas perfectamente homologables con el resto del mundo, incluyendo en ocasiones el virtuosismo de las estrellas del panorama internacional.

Nombres como Campuzano, Cabrera, Sabet, González Pacheco, Porto, Barreneche, etc representan la producción de arquitectura colombiana del más alto nivel; lo que no impide que su producción se realice en ocasiones en un contexto de menor rango en el que predomina una producción mediocre que configura extensas áreas en las más importantes ciudades, en no muy lejana época caracterizada por un desarrollo urbano extensivo propiciado por la migración interna.

La vinculación internacional de las escuelas de arquitectura colombianas con el resto del mundo y la velocidad con la que, a través de las nuevas tecnologías de la comunicación, se propagan las ideas y los modelos de referencia; hacen que no puedan establecerse diferencias sustanciales en su valoración intrínseca. 

Sin embargo y, desde esa perspectiva, consciente del buen momento económico de Colombia, debo advertir por propia experiencia de los riesgos de convertir el ejercicio de la arquitectura en un intercambio endogámico de complacencias, alejado de su verdadera responsabilidad funcional y social. La historia reciente de lo sucedido en España especialmente y en Europa en general concluye necesariamente con una profunda reflexión crítica sobre nuestro papel y contribución en el desarrollo de nuestro tiempo.

Es bien cierto que las sociedades occidentales viven instaladas desde hace años en modelos de extraordinario atractivo y dudosa sostenibilidad, que la presente crisis se está encargando de desnudar, mostrando la cruda realidad subyacente tras los excesos de una época no muy lejana.

No es discutible el carácter edilicio de la arquitectura y su relevante papel en la configuración de la ciudad y su imagen. Recordemos aquí el jugado por los comerciantes venecianos en el diseño y configuración del gran canal. Sin embargo, el iconográfico “efecto Guguenheim”, que en la moderna identificación de la ciudad de Bilbao ha tenido la construcción del museo, no debe separarse de un conjunto muy importante de iniciativas urbanísticas y arquitectónicas de primerísimo rango en la determinación de la nueva ciudad (operaciones de regeneración de la ría, infraestructuras de comunicaciones, recuperación de infraestructuras culturales, mercados, etc).

Es posible que el caso de Bilbao sea el paradigma de regeneración urbana de mayor calidad en los últimos cincuenta años, junto a Barcelona cuya transformación con ocasión de los Juegos Olímpicos de 1992 ha producido una ciudad casi absolutamente nueva. Pero lo que entiendo constituye el aspecto más importante y común en ambos casos es el reconocimiento de su propia naturaleza y la nueva valoración de los elementos geográficos presentes en una y otra: la ría del Nervión y el mar Mediterráneo, elementos a los que ambas ciudades paradógicamente estaban dando la espalda.

Por el contrario, las conclusiones sobre la “Ciudad de la Cultura” en Santiago de Compostela, no pueden ser más deficitarias: se ha desmontado por completo uno de los accidentes geográficos característicos de la ciudad, el monte Gaias; se ha sustituido este por una metafórica y cuestionable construcción de 148.000 m2 cuyo destino, en principio cultural, no se conoce todavía con exactitud y que ha costado a las arcas públicas casi 400 millones de euros; lo que acredita que la creación de iconografías no es siempre garantía de una identidad en la estrategia publicitaria de una ciudad, ni en la definición de un modelo de desarrollo sostenible.

Los bien conocidos tics característicos de los concursos para tan selectos emprendimientos tampoco pueden escapar a una razonable revisión crítica, en la que frecuentemente queda en evidencia el escaso interés por la satisfacción de un programa funcional o, en ocasiones, su contextualización misma; muchas veces impostada con fórceps gracias a la coartada del glamour de sus autores, a los que habitualmente se ofrece patente de corso. El costo astronómico de muchas realizaciones fuerza a cuestionar su razón de ser y el irresponsable perjuicio económico causado al erario público sin profundas razones que lo justifiquen.

España especialmente y Europa en general han vivido en una cultura de la apariencia, que se extiende peligrosamente con el fenómeno de la globalización en la producción de arquitecturas imposibles y modelos que, ajenos a aquella “razón geográfica” de Ortega y Gasset, cristalizan en prototipos energéticamente insostenibles y ajenos a la cultura e idiosincrasia del país; cuando la arquitectura nace precisamente del encuentro con el lugar y la armonización de las fuerzas en juego.

Creo que el desarrollo latinoamericano debiera prudentemente analizar la experiencia europea y tomar buena nota de sus errores, para no repetirlos. Colombia y Latinoamérica tienen la gran ventaja de contar en el presente momento con una segunda oportunidad.

 Santiago Fajardo

Madrid, agosto 2012



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