FUNCIÓN, CLIENTE Y LUGAR

Pudiéramos decir se trata de los tres referentes fundamentales en la libertad creativa de un arquitecto. Huelga abundar en lo que representa la función en el ejercicio de arquitectura, porque el fin último de cualquier obra de arquitectura es precisamente su utilidad y en la medida que ésta mejor satisfaga esas necesidades funcionales, estará alcanzando el primer objetivo (utilitas).

Sin embargo “el cliente” adquiere tanta relevancia como la “utilitas”, pues nosotros trabajamos por encargo. Nuestra creatividad solo puede ponerse en marcha si hay un cliente que así lo desee; pues, a diferencia de los artistas plásticos y los músicos, que lanzan sus obras al mundo como barcos a la mar; los arquitectos hemos de recibir la encomienda de satisfacer una función concreta, que además ha de hacerse en un lugar concreto. Aquí enlaza el discurso con el tercer nombre: “el lugar” y el determinismo que este impone de modo absolutamente singular en cada punto del planeta; escenario irrepetible de fuerzas en juego a las que la arquitectura ha de proporcionar respuesta y equilibrio. Clima, vientos, paisaje, orientación, etc., son parámetros determinantes en las decisiones que un arquitecto debe tomar cuando proyecta, incluso si lo hace en un contexto urbano. Hoy, este desdén del hombre por la naturaleza que ha derivado en una realidad insostenible para el planeta, obliga a su consideración en razón a las condiciones de aislamiento que han de cumplirse en diferentes situaciones. Por ello y desde siempre, si en un dibujo de planta de cualquier proyecto no se explicita gráficamente la situación del norte; pierdo inmediatamente el interés para continuar analizándola; pues tan aparentemente nimio detalle pone en evidencia el desinterés de su autor por una cuestión tan fundamental; cuestión ligada a su organización espacial, a su epidermis, su fachada, a la situación de sus ventanas, que son los ojos por donde se mira al mundo exterior.

Santiago Fajardo. Función, Cliente y Lugar

Operar en un escenario tan complejo no resulta fácil e impone estrategias operativas para no sucumbir, víctima de los acontecimientos.

Determinada la temática y el lugar, por parte del cliente o promotor del emprendimiento y la elección del equipo de arquitectura; la cuestión fundamental se centra en una estrecha relación profesional con el mismo para conocer cuantos aspectos de interés puedan condicionar el proyecto. Siempre he sostenido que al arquitecto se le elige desde una relación personal que incluye el conocimiento y, fundamentalmente, la confianza. Nosotros hacemos realidad intangibles que cuestan mucho dinero y eso no se decide consultando unas páginas amarillas.

Cuando hablo del valor supremo de la confianza, me refiero a aquella relación de consideración y respeto que al profesional le hace merecedor de una encomienda abierta, de un asesoramiento completo, no solo en lo que se refiere al proyecto y a la obra, sino sobre aquellos aspectos estratégicos fundamentales que han de tenerse en cuenta durante el proceso, para alcanzar los objetivos; aquella suerte de recomendaciones que convierten al arquitecto en un competente y leal administrador del dinero de su cliente.

Así pues, contar con la confianza del cliente para un asesoramiento amplio sobre su emprendimiento, creo que es el valor supremo que jamás debe defraudarse y se construye siempre sobre sólidos cimientos de rigor, haciendo posible que el costo final sea coherente con el presupuesto del proyecto de arquitectura y no una peligrosa interrogante.

Santiago Fajardo



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