HACIA UN TIEMPO NUEVO

Todo cuanto he señalado anteriormente en esta colección de breves textos sobre mi experiencia personal en el ejercicio de la arquitectura, resume diversas lecciones que uno aprende, alguna vez en los aciertos; y fundamentalmente en los errores, pretendiendo con ello facilitar la andadura de aquellos noveles que se inician en esta apasionante profesión.

Sin embargo, es bien cierto que cada uno vive su experiencia en sus propias circunstancias y la diversidad del contexto hace, en ocasiones, difícilmente aplicables las recetas de otros. Hoy el mundo evoluciona a una velocidad vertiginosa y no tendría sentido que este sintetizado repaso a lo que pudiéramos llamar “buenas prácticas”, quedara sin pronunciamiento alguno por mi parte respecto de nuestro presente y, fundamentalmente, sobre nuestro previsible futuro; si es que uno puede pronunciarse sobre aquello que aún no ha ocurrido.

Pese a la ingente y abrumadora información hoy al alcance de cualquier ciudadano y, muy probablemente como consecuencia de ello; el hombre de hoy vive disperso en un modelo social extraordinariamente complejo y en crisis, sobre el que caben muy diversas interpretaciones temáticas, más propias de un vasto ensayo que de una breve reflexión entorno a la arquitectura; pero que en cualquier caso presenta toda la sintomatología de un cambio de ciclo, de un profundo cambio de sistema.

A Whole New World Green Road Sign with Dramatic Clouds and Sky.

Con relación a la arquitectura y tal vez dimanente de la más reciente crisis económica en el mundo occidental, asistimos con cierto descreimiento a una pública y generalizada rectificación de los postulados que dieron origen a un ejercicio irreverente, megalómano e innecesariamente costoso y alabado de la arquitectura. El tiempo termina poniendo siempre todo en su lugar; es lo que en física se conoce por el proceso de sedimentación. Bienvenidas pues las crisis porque son los mecanismos depurativos para cambiar las cosas, para establecer nuevos órdenes y contemplar cómo esa denominada arquitectura del espectáculo nos devuelve otra vez a un ejercicio más sensible, consciente y responsable. La que hoy llamamos función social de la arquitectura es una más de las muchas y variadas razones que justifican e ilustran nuestra formación, desde la compleja respuesta con la que un arte aplicada ha de proporcionar satisfacción a múltiples requerimientos.

Vivimos un proceso globalizador que discurre inevitablemente paralelo al auge de los nacionalismos, según lo anticipara ya en los 80 el filósofo y profesor G. Vattimo. Hoy vivimos tal vez, no solo las consecuencias de una crisis, sino también las de la globalización. Vivimos ya plenamente en aquella era del mundo finito que aventurara P. Valery. Para los arquitectos, ese proceso ha significado la pérdida del territorio, de esa parcelación de la vida y la actividad a la que estábamos acostumbrados. Dicen que la costumbre va asociada a la tranquilidad, a la comodidad y erróneamente a un concepto estático de la felicidad que es antitético de la propia dinámica de la vida. En efecto, la aventura de vivir y de hacerlo además apasionadamente, está precisamente en la incertidumbre, en el riesgo; algo que aún nos cuesta asumir, como también nos cuesta cambiar; pero el hombre solo puede amar verdadera, profundamente; aquello sobre lo que tenga conciencia de que puede perder.

Así pues, ese proceso de internacionalización es hoy algo inevitable y, a mi juicio, positivo; porque significa la ampliación de nuestro horizonte y el necesario reconocimiento de otras realidades; hemos cambiado un territorio pequeño por otro bastante mayor que hemos de explorar y al que han llegado antes otros colonos. Se ha producido en nosotros un extraordinario cambio de escala y, en muchos casos, de forma súbita. Recuperados del susto, vale más hacerse a la idea de que ese cambio de escala afecta no solo a nuestro territorio conocido, sino también a la forma en que hoy puede entenderse nuestro ejercicio profesional.

Reaccionar asumiendo la irreversible pérdida de ese concepto artesanal tan arraigado en nuestro oficio, en beneficio de una visión más amplia, compleja y transversal; sin que ello signifique renunciar a seguir defendiendo la condición superior, integradora de la arquitectura; que ha de seguir siendo una columna vertebral en la que se insertan las muchas y diversas especialidades del conocimiento. Ese es precisamente nuestro valor añadido y el derecho a reivindicarlo, porque el todo es siempre …algo más que la suma de las partes. Pese a tantos avances científicos y tecnológicos, creo sinceramente que la arquitectura no puede, no debe, ser sustituida por un algoritmo.

Santiago Fajardo



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