EL MERCADO DE LEGAZPI O EL PATRIMONIO VARADO

La noticia -recientemente aparecida- sobre la constatación de que el antiguo Mercado de Legazpi, sigue sin futuro a la vista tras 30 años cerrado, no merece pasarse por alto.

Conviene precisar que este modelo de arquitectura industrial de los años 30, nació de la mano de uno de nuestros grandes arquitectos del racionalismo madrileño: Javier Ferrero, autor también del Mercado Puerta de Toledo, el desaparecido Mercado de Olavide y la vecina nave de aves del Matadero (con Luis Bellido), entre otras obras.

Una sombra de sospecha se extendió por el Madrid de los años 70, cuando la demolición de las obras de Ferrero, parecía obedecer a una conjura inexplicable; a una voluntad de hacer desaparecer todo vestigio de la arquitectura racionalista de los años 30. También se inició entonces el derribo, finalmente abortado, de la gasolinera Petróleos Porto Pi, en la calle Alberto Aguilera; paradigmática obra de otro correligionario Casto Fernández-Shaw.

Pero más allá de esta merecida referencia histórica, la noticia sobre el Mercado de Legazpi llama la atención y se relaciona con lo que pudiéramos calificar como el “patrimonio varado” de Madrid. Es decir, aquel conjunto de edificios desde largo tiempo abandonados, en estado precario; con un mantenimiento frecuentemente inexistente y sin horizonte a la vista. Edificios que han perdido su funcionalidad y carecen de un destino alternativo y sostenible que los enfrenta a un futuro sombrío y, al parecer, inevitable.

La pregunta obligada sobre ese listado sigue siendo: qué podemos hacer?. Cómo conseguir articular los intereses de tantos agentes implicados en el proceso, qué hacer para convertir el patrimonio de pesada carga, en una extraordinaria oportunidad. Cómo convertir los edificios antiguos en una fuente de actividad económica capaz, no solo de recuperarlos, sino de crear en ellos nuevas condiciones de utilidad. La arquitectura, como la ciudad; no son museables. Han respondido siempre a un sentido de utilidad insoslayable y cualquier intento por mantenerlos a ultranza sin uso, es un empeño condenado al fracaso; desde esa inútil taxidermización de la arquitectura.

Mercado de Legazpi

Imagen del diario ABC del 27/07/2012

Tal vez la primera condición sea, desde mi punto de vista, la racionalización de una normativa irracional, de una hipertrofia legislativa que sorprende a propios y extraños, superponiendo competencias frecuentemente dispares sobre los mismos bienes. Esa situación desquiciante, llena de compartimentos estancos, se sitúa a mi modo de ver en el origen del problema.

En segundo lugar, la protección del patrimonio edificado no debiera tratarse desde una perspectiva genérica y de negación a ultranza; sino como materia individualizada; personalizada, en función de los múltiples y diversos parámetros para el análisis de sus variadas tipologías y circunstancias.

Entre las rancias posiciones de un conservadurismo ultramontano y las igualmente rancias posiciones especulativas de un sector inmobiliario trasnochado, caben multitud de apreciaciones intermedias, de consensos personalizados, solo posibles desde una vocación inicial de entendimiento. Creo que desterrar aquellos viejos maximalismos intransigentes; es la primera condición para encontrar oportunidades de futuro para nuestros edificios antiguos.

En cuarto lugar, creo que la recuperación de los edificios públicos debiera pasar por no perder su condición pública; por más que la crisis haya tentado a los gestores municipales e institucionales a liquidarlos, para hacer caja. Un edificio público será siempre un espacio de oportunidad para la satisfacción de necesidades colectivas y la disposición de infraestructuras necesarias. Solo así, cualquier proyecto que para ellos se plantee, podrá contar con el respaldo de la ciudadanía, en vez de tener su franca oposición.

Finalmente, la piedra angular en cualquier proceso rehabilitador de los edificios antiguos, está en la elección del uso alternativo con el que se pretende su reciclaje y que deberá ser lo más compatible con su primigenia arquitectura, de modo que su implantación resulte un proceso de acomodo tranquilo y sin violencia para el edificio.

La noticia sobre el Mercado de Legazpi, traduce la esperanza del distrito de Arganzuela para que el abandonado mercado sea finalmente un espacio de comunidad. Parece pues razonable que, junto a los bien argumentados análisis técnicos; se ofreciera a la ciudadanía la posibilidad de lanzar ideas respecto del mismo, de pensar cuál pudiera ser su destino idóneo.

Pero más allá de las circunstancias descritas, hoy me quedo con la noticia de que el viejo mercado de Javier Ferrero lleva 30 años cerrado, como un reloj que se ha parado; sin noticia aún de su hipotético futuro. Seguro que entre sus muros aún pueden encontrarse restos de antiguos albaranes, manuscritos sobre las mercancías que entraron y salieron por la puerta y yo me sigo preguntando: qué podemos hacer? Y sigo creyendo en un necesario consenso entre los diversos agentes. Una mesa en la que esté presente la administración, el empresariado, la ciudadanía, la universidad, los profesionales, … Desde una actitud constructiva, colaboradora; decidida a encontrar respuestas a la cuestión enunciada, por difícil que aquí sea poner de acuerdo a más de dos.

El patrimonio y la memoria …una buena oportunidad. Sigo creyendo que algo se puede hacer siempre y que merece la pena intentarlo.

Santiago Fajardo



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