LA DESAPARICION DE LOS CINES

LA SALA BERLANGA: MEMORIA Y PERVIVENCIA DE UN CINE DE BARRIO

Madrid vive y sufre desde hace años un proceso de desertización. Me refiero a sus salas de cine, víctimas primero de una mutación en los hábitos de consumo, propiciada en parte por evolución de la tecnología que ha hecho tentador el cine en casa; pero también, por un mercado implacable que consagra la concentración eficiente, como medio necesario para una diversidad; ciertamente atractiva en el entretenimiento de los ciudadanos.

Esta tendencia ha despoblado la ciudad de una forma cercana de cultura, de cabecera; tan entrañable y necesaria como la tienda de la esquina; aquella que configura nuestra memoria y, por tanto, nos deja un poco huérfanos cuando desaparece de nuestro paisaje de infancia; …la verdadera patria del hombre. Como aquellos personajes muertos, en el poema de César Vallejo que concluye reconociendo …murió mi eternidad, y estoy velándola.

Esa alteración de nuestras referencias forma parte del precio que el hombre paga por su evolución, lo que no es otra cosa que el vivir. Pero, aún siendo incontestable, hemos de lamentar la desaparición de tantas salas inolvidables que en Madrid guardaron parte de aquella vitalidad nuestra de otra época.

El fenómeno se extendió con tal voracidad que propició la aprobación municipal de un Plan Especial de Protección de Cines y Teatros en el año 1998, como apremiante y desesperado auxilio de emergencia.

Por esa razón, recibir el encargo de intervenir sobre un cine; para que continúe siendo cine; constituye para un arquitecto un ejercicio profesional no solo infrecuente, sino extraordinariamente gratificante, en el que hemos puesto nuestro mayor interés. El reto de su rehabilitación constituye un empeño de cierta complejidad porque opera sobre un modelo que no varía su envolvente exterior y al que debía dotarse de instalaciones y equipamientos que nunca tuvo.

A partir de mayo 2010, el viejo Cine California de la calle Andrés Mellado de Madrid pasó a llamarse, en una nueva vida y homenajeando a nuestro inolvidable director; Sala Berlanga, en un vanguardista y muy tecnificado agiornamento que resulta inédito por su nivel de calidad y que se complementa con medios para una cierta polivalencia (música y teatro) de pequeño formato.

Como siempre, el proceso para su rehabilitación constituyó una experiencia apasionante que confirma la extraordinaria capacidad adictiva de nuestro oficio -“…poder construir significa poder soñar.La filosofía que ha inspirado su equipamiento se proyecta fuera de su propio espacio, con voluntad y posibilidades de llegar al universo vía satélite; de mostrar al mundo y hacer partícipes a sus ciudadanos de cuantos eventos culturales merezcan ser divulgados para su propio enriquecimiento.

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Pero también, aquel viejo cine recuperó entonces su memoria y el barrio de Argüelles uno de sus iconos; por cierto cercano a la casa de un buen amigo mío, Santiago Amón; uno de nuestros grandes humanistas del siglo XX. Muerto ya, como los personajes de Vallejo; dejándonos un punto de nostalgia y quien hubiera celebrado sin duda la afortunada pervivencia de esta sala; cercana, de cabecera; casi contigua a su muy glosada y querida ciudad universitaria.

No parece imprescindible que los viejos cines de barrio deban desaparecer, en beneficio de tiendas de moda, como un destino inevitable. Si su modelo de entonces hoy resulta obsoleto y se hace insostenible, porqué no innovar en su rehabilitación procurando transformaciones imaginativas en la experiencia de visionar una película. La lista de gloriosos caídos es aterradora, pero aún estamos a tiempo de alumbrar otros modelos para hacerles vivir nuevamente, a los que quedan; momentos e historias inolvidables.

Santiago Fajardo



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