DE LA HEMEROTECA A LA BIBLIOTECA

La tercera sesión del ciclo “Al borde de la crítica”, celebrada en ROCA Madrid Gallery el pasado 25 de febrero con el comisariado de Santiago de Molina, Bea Villanueva y Paco Casas; reunía en torno a este título un panel de invitados del mayor atractivo para cualquier interesado en el pensamiento arquitectónico.

Alicia Guerrero, Antonio Miranda y David Cohn; moderados por Juan García Millán; son todos ellos, importantes referentes a la hora de tratar tan sugestivo enunciado y la razón por la que no pude sustraerme al interés de la convocatoria; como tampoco a escribir hoy unas líneas que me ayuden a retener el buen sabor de boca que la tarde nos dejó a los numerosos asistentes; en un clima relajado, casi familiar.

Debo añadir que, afortunadamente, la sala del Gallery de Roca se está consolidando día a día, gracias al interés y esfuerzo de sus gestoras; como uno de los más dinámicos e interesantes foros de cultura arquitectónica en nuestra capital, pese al desierto que desde hace años atraviesa en España el sector y muy especialmente nuestro oficio.

Construir un archivo sólido del tiempo presente, caracterizado precisamente por la fugacidad; es la reflexión propuesta por Alicia Guerrero en su intervención, señalando las dificultades de convertir el papel de hemeroteca, en el de biblioteca; cuando el mundo digital ha irrumpido ya en la difusión del conocimiento, a la mayor velocidad conocida en la historia y, definitivamente; sin retorno. Se me ocurre señalar que tan trascendental cambio trae ya consigo la subsiguiente sacralización de lo inmediato y su inevitable desinterés, en ese movimiento continuo que nos sugiere el título de la novela de Héctor Abad “El olvido que seremos” oportunamente aludido por A. Miranda en su intervención.

Gianni Vattimo ya se ha pronunciado hace tiempo sobre la oportunidad que para el hombre de nuestro tiempo representa esta “sociedad transparente”, en la que las hipotéticas ventajas de la transmisión de los acontecimientos en tiempo real, está produciendo mayor complejidad en vez de reducirla; pero es tal vez en este caos donde resida nuestra esperanza de emancipación hacia más objetivos análisis.

imagen

Alicia hizo referencia a otro aspecto relevante en el estudio de la arquitectura contemporánea; la progresiva dificultad que los arquitectos parecemos tener a la hora de explicar nuestros proyectos, con unas memorias plagadas de naderías y banalidades que no aciertan a comunicar su verdadera realidad y mucho menos las razones y argumentos que avalen su concepción. Yo añadiría que; tal vez, sea difícil explicar aquello que carece del necesario rigor y fundamento; construido sobre un determinismo tantas veces gratuito en esa reciente arquitectura del espectáculo, que algunos consideramos inaplazable la defensa de una cierta “sinceridad existencial” como el primer y supremo valor exigible a la arquitectura. Aquello a lo que A. Miranda, en términos más absolutos, se refiriera como “la cantidad de verdad”. Verdad ontológica, funcional, geográfica y constructiva que nos devuelve también al pensamiento de Ortega y aquella “razón geográfica del lugar”, a la que se refiere en algunos de sus ensayos para explicar el determinismo implícito en cada punto del planeta; concreto y singular, dimanente de sus fuerzas ocultas. Sinceridad existencial o cantidad de verdad que nos devuelve al origen: “firmitas, utilitas, venustas”.

Desde su profundo conocimiento y singular talante, el profesor Miranda quiso regalarnos también algunas reflexiones sobre la gratuidad del juicio del arquitecto sobre su propia obra; coincidiendo con el pensamiento de W. Benjamin o también el sentir de Lorca, cuando fuera invitado a pronunciarse sobre su poesía; señalando que hay un punto de pudor y subjetividad que debe inhibir al autor de cualquier autovaloración sobre su propia obra. Esta, debe quedar limitada a los criterios independientes y objetivos de una crítica independiente, capaz de calificar exclusivamente aquello que resulte mesurable; sentenciando finalmente y con la rotundidad que le caracteriza, que “el crítico no opina”.

Persiguiendo el más amplio recorrido por todos los pliegues del enunciado, David Cohn señaló su convicción respecto del cambio que, tras los fastos de la última década, protagonizarán sin duda las nuevas generaciones; hoy ya en busca de una nueva identidad, más auténtica y comprometida no solo ya con los valores supremos de la arquitectura, sino con los retos ineludibles de nuestro tiempo: la sostenibilidad y la perentoria salvaguarda del medioambiente. Objetivo que descalifica algunas de las iconográficas realizaciones de los últimos años; lo que promueve una sincera introspección y el retorno a una inspiración en la naturaleza, a sus principios y los sistemas constructivos tradicionales. Asimismo y desde su experiencia en el estudio y valoración de la arquitectura, David apuntó la inconveniencia de mantener unas visiones cerradas de la Historia; por su vital y compleja interconexión; lo que conduce a una obligada y enriquecedora lectura horizontal, comprensiva; como también compartía mi amigo Santiago Amón.

Constatada pues (y de momento) la caída de aquella arquitectura del espectáculo, me cabe la duda sobre la sinceridad de su definitivo abandono o desinterés, por parte de quienes la glosaron entonces; toda vez que su carácter edilicio la sitúa también demasiado cerca del poder y de la tentación de trascender que tantas veces anima las decisiones políticas.

Juan García Millán abrió un interesante debate señalando la convivencia frecuentemente delicada entre la libertad de crítica y las líneas editoriales presentes en medios de comunicación.

En resumen, una deliciosa tarde que se prolongó después con vino y charla entre amigos.

 Me ha quedado también en la memoria una afirmación del maestro Antonio Miranda que aún me tiene pensativo: la verdad, …solo interesa a las víctimas.

Santiago Fajardo



Los Comentarios están cerrados.