A PROPÓSITO DEL MAESTRO SÁENZ DE OÍZA

Mucho se ha escrito sobre la personalidad heterodoxa de Sáenz de Oíza, de su ejercicio de una libertad vitalista y apasionada; a veces imprevisible y contradictoria, capaz de abarcar la generalidad de un proyecto con enfoques revolucionarios y gesto tan decidido que no ha sido comprendido muchas veces. Su talla como creador dibujaba necesariamente un retrato único en el que aparecían yuxtapuestos alzado, planta y sección; como en los retratos de Picasso. Una forma tal vez impetuosa y atropellada de presentar tantas visiones sobre los asuntos de siempre, de descubrir la extraordinaria complejidad que se esconde tras una mera apariencia, cuando la pintura deja pintar la realidad para pintar el pensamiento. Una arquitectura para otras realidades posibles que dimanan de reflexiones más profundas.

Pero también el gesto artístico, no caprichoso; como una forma de negar los convencionalismos caducos desde una profunda sinceridad existencial, ofreciendo siempre una respuesta medida y única; haciendo siempre alta costura. Así fue.

Un reciente vídeo retrospectivo sobre su figura en un programa de TV2 titulado “Imprescindibles”, mostraba el descontento de algunos de los usuarios de su conocida obra cercana a la M-30, recriminando personalmente al arquitecto algunos defectos habidos en el interior de sus viviendas; durante una visita a la misma. Ignorantes del asunto principal, como era resolver un gran proyecto de residencia colectiva de precio tasado para el alojamiento de chabolistas, en una parcela situada al borde mismo de una de las vías más ruidosas y conflictivas de Madrid, los citados usuarios protestaban por la situación del armario o el ventanuco de la cocina.

EL RUEDO

Como muchos ya saben, una propuesta lineal que enroscada sobre sí misma ofrece su espalda opaca a tan inhóspito contexto; no tiene otro propósito que proporcionar -en ese ejercicio introspectivo- un panorama más atractivo para sus habitantes en el interior del espacio cercado por la cinta. La recreación de un ámbito propio acomodado; luminoso, colorista. Más amable, más humano.

Aun reconociendo el derecho a la libertad de expresión y eventualmente a la queja, presenciar el debate de los vecinos con el arquitecto y la exposición de sus respectivos argumentos, hoy trae a mi memoria algunas meditaciones de Ortega sobre nuestra inveterada iconoclasia ante la personalidad de los grandes hombres y su relación con los seres cercanos.

Sostiene nuestro filósofo que acercarse demasiado a las cosas excelsas significa vivir condenados a no ver sino lo que hay de pequeño en lo grande; a caer en el error de creer que la sustancia más verídica de algo es la que se ofrece desde una visión próxima y así, dice Ortega que ver bien una piedra significa mantenerla a tan corta distancia que puedan verse los poros de su materia.

Pero ver bien una catedral no significa mirarla a la misma distancia que una piedra, porque para ver bien una catedral hemos de renunciar a ver los poros de los sillares y alejarnos de ella debidamente tomando distancia. Son pues los poros, los trozos de carne que faltan en la carne, los huecos de aquella grandeza que solo se perciben desde la corta distancia, desde una proximidad muchas veces real y en ocasiones fingida desde un sentido absurdamente igualitario. Una figura como la suya requiere pues una diferente perspectiva, aquella que corresponde sin duda a los grandes hombres.

Volviendo de Toledo, nuestro crítico de arte Santiago Amón quiso mostrarme una tarde en su casa, un vídeo entonces recientemente grabado por él mismo para Euskal Televista; en el que Santiago –de modo brillante según acostumbraba- analizaba y comparaba las figuras diametralmente contrapuestas de los escultores Chillida y Otéiza. Su respectiva concepción del espacio como materia llena o como materia ausente. Visiones posibles de una misma realidad…

Oíza, en su fructífera vitalidad; dinámica, cambiante y tantas veces sorprendente, nos ha dejado algunos de los más importantes edificios de Madrid, verdaderos iconos de una época; elementos que contribuyen a engrandecer la imagen de una ciudad, como uno de nuestros más grandes arquitectos del s XX.

Muchas gracias, maestro.

Santiago Fajardo



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