SAENZ DE OIZA Y TORRES BLANCAS. Una torre en plural

El pasado lunes 25 de abril se presentó en la sede del Colegio de Arquitectos de Madrid el libro que sobre Sáenz de Oíza y el edificio de Torres Blancas, ha publicado su hijo Javier Sáenz Guerra. Edición de bolsillo “dedicada a los arquitectos jóvenes que descubren con admiración el edificio”, en espera de la publicación de gran formato que la obra merece y persigue con acertado interés el autor. Mariano Bayón y Juan Ignacio Mera acompañaron a Javier Sáez Guerra en la presentación, desde experiencias personales asimismo cercanas en lo profesional y en lo docente respectivamente.

Más allá de cuantas exégesis se han hecho sobre esa obra, su significación en una determinada época y su proyección en el tiempo presente; el libro tiene el atractivo de la privilegiada cercanía de su autor con el maestro y la multiplicidad de puntos de vista bien ordenados que permiten la comprensión de su realidad, amén de la curiosidad que a cualquiera invade por conocer su proceso creativo y el conjunto de aquellas razones íntimas -diríase casi emocionales- que la han hecho posible. Con frecuencia, en la cabeza de los artistas y creadores, la razón suele formar parte de un obligado protocolo metodológico que viene a justificar el argumentario que la emoción ya ha decidido previamente; o como señala Javier, la intuición como complemento de la razón.

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La primera referencia sobre Sáenz de Oíza se centra inevitablemente en su extraordinaria personalidad. Absolutamente singular y desconcertante a veces, a Oíza le caracterizó siempre la curiosidad de saber; presente en cualquiera de sus iniciativas y plagada de cuestiones a las que el genio quiso encontrar respuesta. Socrático, profundo; su mano dibujaba líneas sustentadas siempre en muchos escritos que sintetizaban largos procesos de reflexión; materializando el ejercicio de pensar como condición previa a cualquier decisión o gesto gráfico; que nunca era gratuito.

Aunque los arquitectos trabajamos por encargo y por ello nuestra obra viene condicionada, no solo por un programa funcional o las disponibilidades económicas de nuestro cliente; sino incluso por su personalidad misma; el encargo de Torres Blancas cristaliza la muy infrecuente y afortunada coincidencia en ese objetivo de un visionario mecenas como fuera Juan Huarte y un excepcional arquitecto como Sáenz de Oíza. De su estrecha y vitalista colaboración surge un edificio que transmite la fuerza de ambos.

El encargo, una ciudad-jardín vertical con un atractivo y visionario “self-service” en la concrección del interior de las viviendas, a la medida de cada cliente. A partir de este enunciado, Oíza concibe el que tal vez pueda considerarse el icono más importante en la arquitectura del Madrid de los años 60. Un edificio en el que no solo está presente Wright y Le Corbusier, sino todo un ejercicio de pensamiento poético en la definición del hábitat humano de su época. Si como decía Santiago Amón, la condición primigenia de cualquier obra de arte es que no sirva para nada; Oíza consigue tallar una escultura en el espacio capaz de albergar unas viviendas absolutamente singulares en la puerta de entrada a Madrid desde el aeropuerto de Barajas.

La defensa del concepto torre, como elemento vertical y monolítico, está en la esencia de lo simbólico, lo espiritual y asimismo en el desafío del hombre a la ley de la gravedad; pero al tiempo en la argumentación de la solidez inexpugnable. Todo ello subyace en la idea de Oíza sobre Torres Blancas.

Un apunte biográfico inicia la sucesión de epígrafes sobre los que se desarrolla el libro; sus maestros, sus referentes contemporáneos, el encargo, la licencia, la memoria de intenciones, el relato de la vida en cada uno de los componentes de su programa funcional y, en todo momento, la intensa actividad y concentración desplegada por Oíza en su desarrollo.

Hoy las redes nos ofrecen una permanente y abrumadora colección de imágenes de arquitectura anónima, exenta de cualquier aclaración sobre su determinismo existencial. Arquitectura de cada vez más compleja y espectacular morfología, difícil de comprender y por tanto apreciar. Pero aún así, evidencian en la mayor parte de los casos el grado de interés y dedicación que sus autores han puesto en las mismas. Una imagen frente a la palabra no siempre justifica su supremacía frente a esta. No siempre una imagen vale más que mil palabras e incluso, en ocasiones, la imagen hace patente la inexistencia las palabras; o lo que viene a ser, su escaso contenido. En definitiva, la frecuente primacía de la apariencia sobre la esencia…

Explicar eso a la ciudadanía es la asignatura pendiente de los arquitectos, …todavía ensimismados en hablar sobre y para nosotros mismos.

Oíza en Torres Blancas cristaliza precisamente todo lo contrario y por ello invito a los jóvenes a beber en esas fuentes. Un libro para conocer los cómo y los porqué, para descubrir la dureza siempre apasionada del único método posible para hacer arquitectura; en resumen, para profundizar en la responsabilidad y trascendencia de lo que hacemos.

 

Madrid, mayo 2016



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