IGLESIA DE MONTSERRAT

Un curioso templo benedictino de finales de 1600, toma como referente el “Jesú” de Vignola en Roma; el modelo de iglesia jesuítica por antonomasia. Iniciada en 1668 por Sebastián Herrera Barnuevo, las obras se retoman por Gaspar de la Peña durante un breve periodo tras el fallecimiento de Herrera. En 1716, un joven y pujante Pedro de Ribera completa el proyecto de una iglesia grandiosa, que finalmente concluye en una versión reducida como consecuencia de diversos imponderables económicos (caso frecuente en la historia de la arquitectura). Vamos a verlo.

La fuerte pendiente de la calle, obliga a Ribera a disponer un generoso zócalo o basamento granítico hasta más arriba del nivel de suelo del templo, al que se accede mediante escalinata centrada con la gran portada. Basamento sobre el que equilibrar el trazado meticuloso de una muy compleja fachada, en la que se distingue un cuerpo horizontal coronado por una muy generosa cornisa sobre el que emerge el elemento vertical correspondiente a la nave central. Entre uno y otro, un pequeño entablamento horizontal que sirve de arranque a las escocias que enlazan ambos cuerpos.

Iglesia Monserrat

Las líneas reguladoras están fuertemente destacadas mediante el relieve de pilastras graníticas sencillas o pareadas, que recercan los paños en los que se inscriben los ventanales y la gran portada; recercados a su vez con profusa decoración en piedra. La completa simetría del alzado se altera en la esquina, con una torre campanario rematada superiormente con un sofisticado chapitel, en la que se muestra la personalísima traza de Ribera y su vocabulario formal de baquetones, estípites y capiteles trocopiramidales.

Ya en el interior se descubre el alcance que tuvieron las dificultades económicas en su construcción, encontrando una iglesia sin crucero, con dos naves laterales a las que abren las capillas y sobre estas los ventanales volados sobre la nave central y enrejados de forja. La bóveda de lunetos, con las molduraciones características de Vignola, recorre la totalidad de la nave desde los pies hasta la cabecera, donde queda interrumpida; apareciendo el presbiterio como una capilla más.

Faltó pues por construir la cabecera, el crucero y su correspondiente cúpula, así como la sacristía. Pese a ello, es una de las obras importantes del arquitecto madrileño que merece visitarse.



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