JARDÍN BOTÁNICO E INVERNADERO

Fernando VI había creado el Real Jardín Botánico en 1755 situándolo a orillas del río Manzanares, en la zona donde actualmente se encuentra  la Puerta de Hierro. Las posteriores ampliaciones del jardín indujeron a Carlos III a trasladarlo en 1774  a su actual emplazamiento en el Paseo del Prado; dentro del programa de ordenación y embellecimiento del Salón del Prado y Atocha, en el que se ubicarían asimismo el Real Gabinete de Historia Natural y el Observatorio Astronómico.

JARDÍN BOTÁNICO

En una suave ladera que desciende hacia la vaguada del Prado, el primer proyecto fue encomendado al arquitecto Francisco Sabatini, que lo organiza en tres niveles aterrazados dentro del cerramiento en el que destaca la Puerta Real que el mismo diseñara. Posteriormente y sobre esa base, Juan de Villanueva realizó un segundo y definitivo proyecto entre 1774 y 1781, más acorde con la función científica y docente que debía tener el jardín.

Ocupaba inicialmente una superficie de 10 hectáreas distribuidas en tres niveles; los dos inferiores rectangulares, siguiendo una traza de cuarteles propia de los jardines franceses e italianos; en tanto que la terraza superior se ordena en el XIX según un modelo de menor rigidez geométrica y más clara inspiración inglesa. En esa misma zona, Villanueva construyó -con el diseño más clasicista- el pabellón para los invernaderos que posteriormente se destinara a la biblioteca, los herbarios y las aulas para las cátedras de botánica y de agricultura. El Jardín fue receptor de las especies traídas por las diversas expediciones científicas que fueron entonces patrocinadas por la Corona. Es a finales del XIX cuando se segregan 2 Has para la construcción del actual Ministerio de Agricultura, siendo declarado Jardín Artístico en 1942.

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El nuevo invernadero construido en el borde NE por Angel Fernandez Alba, es un contrapunto high tech que acoge las especies de más difícil aclimatación, en un pabellón donde el vidrio y el control mecánico de la luz solar son elementos imprescindibles.

Para hablar del Jardín Botánico hay que hacerlo en una tarde de otoño y lluviosa como esta; para apreciar el brillo de las hojas y los reflejos en los charcos. Mirar el Palladiano pabellón tras el estanque y perderse por sus paseos de fuentes y estatuas sin otro ruido que el caer de la lluvia y las propias pisadas.

Villanueva completa el cerramiento de hierro con una magnífica puerta secundaria que mira al Museo del Prado, frente a la puerta de Murillo.

¿Hay mejor arquitectura que la de la naturaleza…?



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