DEPÓSITO DE CHAMBERÍ

Hoy traemos a PxM un ejemplo de arquitectura aplicada a una de las más importantes instalaciones urbanas y cuyo emprendimiento por la reina Isabel II propició la sustantiva mejora y crecimiento de la ciudad de Madrid: el depósito elevado de Santa Engracia.

El depósito elevado surge en 1907 para atender la necesidad de abastecimiento de agua a nuevos barrios como este, en los que proliferan edificios cada vez más altos y resulta imprescindible hacerlo con la presión suficiente. Un planteamiento estrictamente ingenieril que sin embargo es atendido desde postulados de arquitectura que hacen del emprendimiento un hito de interés en el paisaje urbano.

Depósito de Chamberí

Rodeado de jardines que destacan su verticalidad, los ingenieros Martín Montalvo y Moya Idígoras –padre del arquitecto Luis Moya Blanco- diseñan y construyen una estructura de sostén para el depósito metálico para 1.500 m3 que ha de situarse a la nada despreciable altura de 36 metros. Para ello conciben un esquema volumétrico en tronco de cono y planta circular, en el que se inscriben 10 potentes contrafuertes radiales, dejando los espacios intermedios como mera plementería del cilindro de cerramiento en la que se insertan los huecos de ventilación y ventanas.deposito-elevado-alzado-principal-1

Una fábrica de ladrillo de sofisticado aparejo que permite una expresión decorativa realmente meritoria, con celosías y otros elementos de filigrana; es la estructura que descarga a los cimientos los miles de toneladas concentrados en ese espacio interiormente vacío y vertical, que se fragmenta en diversos pisos entorno a un vacío central y la escalera de comunicación. Las estructuras metálicas roblonadas de la época, confieren al espacio ese aspecto de viejo tinglado industrial, que los arquitectos Lopera y Alau han convertido en 1986 en una sala de exposiciones en varios niveles, bajo la imponente cuba del depósito.

La fábrica de ladrillo rojo contrasta con el gris de la chapa cincada de la cubierta y hacen de la instalación una interesante pieza de arquitectura cuyo reciclaje confirma la posibilidad de mantener vivo y en uso nuestro patrimonio cultural edificado.

El depósito, que dejó de ser utilizado en 1952 cuando se trasvasa su función al de Plaza de Castilla, sigue erguido; como desafiando la ley de la gravedad, en afortunada pervivencia y afirmación de nuestra memoria.



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